Temblor del Ángel

El domingo 28 de julio de 1957, a las 2 horas con 40 minutos y 51 segundos, un terremoto de intensidad 7.7 con epicentro en Acapulco sacudió fuertemente al Distritito Federal (DF) produciendo serios daños en varias áreas capitalinas. Debido a la caída del “Ángel” que corona la Columna de la Independencia se conocería este evento como el “temblor del Ángel”. En el estado de Guerrero las poblaciones más afectadas fueron San Marcos con 95 por ciento de edificios dañados: Chilpancingo con 90 por ciento de su infraestructura dañada; Chialapa con 70 por ciento y, Huamuxtitlán y Tuxtla con 60 por ciento de inmuebles afectados.

El número total de muerto en todo el país fue del orden de cincuenta y el valor de los daños se estimó en dos mil millones de pesos. Aun cuando el movimiento telúrico se originó en la costa del Pacífico, sus efectos tuvieron graves repercusiones en el centro de la capital del país debido al fenómeno de amplificación de la intensidad sísmica, derivada del tipo de suelo blando de la capital, compuesto mayormente por arcillas.

En la ciudad de México, la mayor parte de las afectaciones se concentraron en la zona centro, en la hoy delegación Cuauhtémoc. De acuerdo con un informe de la empresa Ingenieros Civiles Asociados (ICA) se reportaron 39 muertos y alrededor de mil inmuebles con daños. Uno de los edificios severamente dañados fue la Escuela Superior de Ingeniería y Arquitectura del Instituto Politécnico Nacional (ESIA-IPN), ubicada en el Casco de Santo Tomás, una estructura de marcos de concreto reforzado de cuatro pisos y planta baja sin ningún muro. Asimismo se derrumbó una parte del mercado de La Merced que estaba todavía en obras.

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Columna de la Independencia con los restos de “El ángel” en la base, colonia Juárez, delegación Cuauhtémoc, DF, 28 de julio de 1957 (DR© A-TMT50532)

En aquella época, el Reglamento de Construcción que regía en el DF era ya obsoleto, databa de 1942 y no se había modificado, lo cual quedó demostrado luego de ocurrido el temblor, al contabilizarse las afectaciones y los edificios colapsados y dañados. Ante ello, en el ámbito de la ingeniería se inició la búsqueda de respuestas al comportamiento de las estructuras y del suelo de la capital del país.

Al respecto, con el ingeniero Fernando Hiriart Balderrama a la cabeza, un grupo de especialistas del Instituto de Ingeniería de la UNAM realizó diversas labores de investigación, evaluación y revisión de criterios para el diseño sísmico de estructuras, del que carecían muchos inmuebles de entonces, En los trabajos se consideraron aspectos como el coeficiente sísmico, el número de niveles de la estructura así como su relación con el tipo de sistema estructural a utilizar, lo cual mostró ser un factor importante en el registro de daños. Esto se corroboraría en que las estructuras de concreto fueron las más dañadas, en tanto que las de acero y las de acero recubiertas con concreto mostraron buen comportamiento a pesar de que estas últimas no contemplaban el diseño de los dos materiales como actualmente se hace. El tipo de cimentación fue otro factor importante en la ocurrencia de daños. Así, las estructuras con cimentación superficial o con pilotes de madera fueron las que registraron más daños estructurales graves, colapsándose total o parcialmente. Además, después de este suceso se detectó la existencia de una relación entre los asentamientos superficiales con el tipo de cimentación y la magnitud del daño en la estructura.

Derivado de los estudio, revisiones y análisis se concluyó que era necesario contar con un reglamento más estricto en su aspecto técnico relacionado con el diseño sísmico, recomendándose incrementar los coeficientes sísmicos según el tipo de terreno y de estructuras, entre otras propuestas dirigidas a determinar las nuevas especificaciones en materia de construcción, mismas que fueron incorporadas a las Normas de Emergencias que se aplicaron a partir de 1958 y que sustituyeron al Reglamento de Construcciones del Distrito Federal de 1942.

Un beneficio que trajo consigo el sismo de 1957 fue el de hacer ver la necesidad de conocer las características del movimiento en diferentes sitios del valle de México. Para ello se instalaron dos acelerómetros, uno en el Centro Histórico y otro en Ciudad Universitaria, al sur de la ciudad. Gracias a estos instrumentos, a partir de 1965 se obtuvieron datos de aceleración, confiables y consistentes para una gran variedad de movimientos telúricos. La instrumentación fue creciendo y hoy son múltiples los datos que al respecto se captan en la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM).